Hortensia II

Fotografía de Nacho Rovira. Alas y viento

Dos capítulos para la hortensia es adecuado, son tan bonitas… Y aunque alguna vez se dijo que las segundas partes no fueron buenas, vamos a tentar el destino…

La fotografía lo merece porque no es usual ver las hortensias crecer en un bosque. Salvajes, sueltas, con el viento que golpea las hojas y sus flores. La expresión más alta de belleza. Cerramos los ojos e imaginamos. La fantasía vuela hacia el posible olor de humedad del momento, la sentimos en la piel, quizás hacia una brisa que las sacude con suavidad, tal vez con un cielo que se intuye azul luminso, en una hora del día, probablemente a la caída de la tarde. El viajero lo ve, lo fotografía y lo describe, testimonio fiel de una realidad. El lector se alienta en su lectura, deja volar la mente, disfruta de las imágenes y se maravilla a menudo, de lo que considera inalcanzable.

Estamos acostumbrados a admirar las hortensias en jardines perfectamente diseñados a golpe de compás y regla o esquematizadas en programa de ordenador: el equilibrio racionalista o el aparente desorden del jardín romántico, pero siempre bajo la calculada creatividad humana. Capturadas y prisioneras en macetas o repartidas y hundidas en los suelos. Colocamos hortensias unas al lado de otras por estética, normalmente en macizos bien agrupados. A su lado, añadimos otras plantas sin importar de qué continente procedan. Pura interculturalidad en la convivencia. Ellas lo aceptan con resignación, pero quizás también con generosidad.

No se escapa nada, incidimos modificando la naturaleza sin parar. Las hortensias que han volado desde su tierra de origen, son sometidas a todo tipo de intervención. Podadas sin piedad anualmente, abonadas con todo tipo de líquidos o granos, con enmiendas del suelo que añaden tierras ajenas y ácidas al suelo natural, con cavas y semicavas para tener el terreno en perfecto estado. La alteración es permanente especialmente en las hortensias a base de pura química: controlando el sulfato de aluminio PH del suelo para alcanzar un color u otro en la flor, usando el carbonato sódico para una floración multicolor o inoculando quelatos de hierro en la tierra para mantener el color verde de las hojas. Antiguamente, las abuelas lo hacían también, pero de otro modo: echaban los restos de café o té a su alrededor, e incluso clavaban cruelmente hierros en la tierra. Pero siempre interviniendo. Estoy convencidísima que cuando se acerca cualquier ser humano a una hortensia, ésta completamente indefensa, se echa a a temblar…

Todas estas operaciones tienen un único objetivo: obtener con toda serie de artilugios, mecanismos y otros ingenios o conseguir por vía artificial, lo que la madre naturaleza regala con generosidad en otra parte del planeta…y las hortensias, del lejano Oriente como explicaba en el anterior relato.

La fotografía muestra bien cómo es el estado natural sin más, con sencillez, e incita al silencio pensativo, concentrado y ensimismado sobre el respeto a la naturaleza que debiéramos tener. Estar ese día en ese bosque, sentir su silencio, percibir el crecimiento espontáneo de esas flores, las hortensias, en su entorno autóctono, seguro que fue un privilegio en la percepción de equilibrio de vida, en contraste con la conmoción permanente de otras partes del planeta donde el ruido, la agitación y la artificiosidad coloniza buena parte de nuestras vidas.

Y pienso en mis hortensias. Confieso que las tengo. Cada vez tengo menos flores en la ciudad y más en mi jardín, a pesar del abandono semanal ya que solo puedo cuidarlas el fin de semana, cuando puedo desplazarme. Qué sufrimiento a veces, cuando la tramontana ataca y las puede secar! Pero pienso que al menos viven en un entorno más limpio. Al menos… Son de muchos colores. No intento que sean todas azules. Nunca me gustó la uniformidad en cualquiera de sus formas. Las mareo lo menos posible. En su rincón, a media sombra silentes. Hermosas, silenciosas y elegantes. Pero ahora, en primavera, como cada año brotan con fuerza. Ya se intuyen sus flores y colores. Fuertes, de buena raíz. Adaptadas a la nueva vida, esforzándose por ella, quizás como cualquier ser vivo que a pesar de cambiar de país, de clima y de hábitos intenta sobrevivir. Tienen siempre mi más profunda admiración.

Y hasta aquí llega mi segundo viaje con la hortensia. En el blog continúo con éste, una serie de relatos sobre las imágenes de flores que ha traído Nacho Rovira en su mochila de su último viaje en Alas y viento. Allí, podéis seguir sus viajes apasionantes por todo el mundo y aquí, mis relatos tranquilos de las flores de sus viajes .